Topman – héroe de la ciudad. Cuento.

Topman – héroe de la ciudad. Cuento.

La comida para perros barata y el héroe de la ciudad.

Y valió la pena hacerlo por la comida para perros barata, pero ¡vaya noche de la ayer! Por un momento, por todos los ruidos de la noche, evoque a mi vida en la tienda de mascotas. En el fregadero de la cocina salve a una mariposa que casi se ahoga en un vaso de agua y luego intervine en una pelea entre La Patrulla de Luciérnagas y la Mafia de las Lagartijas.

Más tarde, en las escaleras detuve a unos mosquitos traficantes de sangre humana; y minutos despues avise a tiempo a mis camaradas los ratones, que jugaban a las cartas sobre el comedor, que la gata estaba repitiendo su ronda de la medianoche. ¡Jaja, la delató el cascabel que traen siempre las correas para gatos!

—Gracias Topman—me saludó la señora araña mientras continuaba tejiendo su telaraña—. ¡Contigo siempre estaremos a salvo!

—Con todo gusto—le respondí, mientras me quitaba mi antifaz y mi capa.

En la ciudad (digo en la casa)… todos temen a Topman.

Quizá todo el jaleo se derivó de que fue una noche de luna llena, lo que dejó a la ciudad… (digo a la casa), en una penumbra suave. En todo caso, como premio por toda mi labor, no olvide pasarme por la bolsa de comida para perros barata que está en el garaje y me lleve un total de 20 croquetas. Son mis preferidas y aún tengo la mitad escondida bajo el aserrín de mi caja.

—Pero porque hay comida de Max en la jaula del hámster—suele quejarse la señora del hogar.

—No sé, habría que preguntarle al mismo perro—contesta el señor del hogar mientras sigue viendo televisión.

—Pues porque es el precio que cobró por mi trabajo—les grito con toda mi voz y mi pensamiento—. ¡Por favor no vuelvan a comprar el paquete pequeño!

Y es que si compran el bulto de comida para perros, puedo sacar las raciones que desee sin que se note. El paquete pequeño suelen guardarlo en una alacena, por lo que cuando lo compran me quedo sin probar mi menú durante al menos unos diez días.

—Pero a Topito le encanta—dice la señora del hogar, mientras continua aseando la jaula de hámster y me deja comer las pequeñas croquetas que aún quedan.

Y de día soy Topito

Ser el héroe de esta ciudad… (digo, de esta casa) es algo realmente complicado. Quizá si tuviera uno de esos abrigos para perros, me iría mejor, porque el frio del invierno es desastroso. Pero Topman siempre estará dispuesto a combatir el mal, una labor que me divierte de manera fantástica y complementa lo que ocurre en mis días en mi Mansión… es decir, en la jaula de hámster.

¡Bueno, de día mi nombre es Topito! Y me la paso entrenándome en mi Rueda Millonaria, que es como le llamo a la atracción principal de mi Mansión. Mis amos suelen llamarla como “rueda hámster”. Cuando no estoy en la Rueda Millonaria, me dedico a viajar por la red de túneles de esta misma jaula. Es que tengo que sacar todo el músculo posible para enfrentarme a los villanos. Además, el otro día gané hasta 20 gramos de peso.

Las mascotas y el hogar

Aquí en casa somos un total de tres mascotas. Por un lado está el perro, que más bien parece un lobo porque tiene unos ojos azules y su pelo es blanco y negro. El otro día les escuche a mis amos que se trata de un husky siberiano. Luego está la gata, que es negra como la noche y que solo se dedica a dormir. El ruido del cascabel de la correa para gatos que lleva es realmente fastidioso.

Y bueno, yo soy la tercera mascota. La única que se preocupa en mantener a salvo esta ciudad… (digo, esta casa). Creo que la razón por la que soy el único héroe de la familia es porque el gato y el perro son demasiado consentidos.

Al husky siberiano le encantan que le acaricien el pelo con esos cepillos para perros y además tiene una colección exclusiva de abrigos para perros y su respectiva cama para perros en la sala de televisión. Pero no le tengo envidia porque gracias a él puedo robarme mi ración de comida para perros barata de la bolsa que está en el garaje y a veces él me sirve de ayuda extra.

—¿Eres tu el que se roba mi comida?—me preguntó Max una vez, fulminándome con su mirada.

—Sí, soy yo—le contesté, incapaz de desafiar su mirada y su poder canino.

—¿Y cómo haces para escapar de la jaula?—me cuestionó asombrado.

—Pues porque soy Topman, el héroe de la ciudad… (digo, de la casa)—le respondí enérgico.

El perro se reventó de la risa y salió en busca del amo, quien le había prometido llevarlo al parque para perros. Así es él. Ojala me hubiera visto en una de esas noches, utilizando mi superfuerza para abrir los barrotes de mi jaula. Ni aun viéndome en el acto Max no lo hubiera creído: era un poco ingenuo y representaba a un husky de apenas un año de edad. Pero, meses más tarde podría comprobarlo.

Y esa odiosa y pretensiosa gata.

Mientras tanto, la gata solo se dedica a comer y a dormir. Los amos suelen bañarla una vez cada quince días con agua caliente y un champú especial para mascotas. Le gusta presumir ante mí sobre todos sus privilegios, cómo cuando se jacta de las tres latas de carne que recibe por semana. A veces se asoma a mi Mansión, (digo a mi jaula de hámster) y me desafía con su mirada, mientras yo corro y corro sobre la Rueda Millonaria, para que sea consciente de todo el poder que tiene Topman.

Creo que a pesar de lo inteligente que es y que parece tener un radar para ver en la oscuridad, la gata sigue sin saber que yo soy Topman, el héroe que rescata a la ciudad… (digo, a la casa). Yo me divierto mucho con lo tonta que es esa gata, al igual que lo hacen los amos cuando la hipnotizan con un punto rojo que aparece en la pared. Ese famoso punto rojo sale en realidad de un pequeño tubito, mientras los amos, que se ríen a carcajadas, suelen decir: “Pero mira cómo la entretiene el láser”.

—Pero mira como se divierte, Tabata, cariño—dijo alguna vez el señor del hogar—, parece toda una acróbata.

—Sí, pero ten cuidado de apuntar el laser—intervino la señora del hogar—hacia donde esta jarrón porque…

Y en efecto la gata dio un salto y tumbó el jarrón.

—Pues bueno—dijo la señora del hogar—, habrá que comprar otro. Antes se demoró en romperse porque cuando Max persigue a Tabata suelen pasar a toda velocidad por ahí.

Prefiero la comida para perros barata

Esa noche a Tabata le sirvieron una buena lata de carne de gato mezclada con su pienso de colores. La vi como se engullía ese menú con suma paciencia y felicidad. ¡Y pensar que alguna vez comí la comida para gatos! Desde entonces entendí porque los amos le agregan latas de carne al pienso para gatos.

O bueno, a lo mejor el paladar de esa gata es demasiado exquisito, porque a mí no me gustó: prefiero mil veces la comida para perros barata. No sé qué es lo que tiene, porque alguna vez compraron la comida para perros costosa y al probarla sentí que estaba en la gloria.

—Ya Max me contó que eres tu el que se está robando su comida—me dijo Tabata, días después de mi confesión al perro.

—Así es—le respondí autoritario, sin dejar de entrenar en mi Rueda Millonaria—y el sabor de su comida es más delicioso que tu comida para gatos.

—Y yo que pensé que eran esos ratones hambrientos—dijo Tabata, tratando de perforarme con sus ojos verdes—. Al fin y al cabo eres un roedor.

Siempre que hablábamos era igual de engreída, como si ella fuese la reina de la casa. Es por eso que me la llevo mejor Max y sé que el también me quiere bastante. Hace tres meses me gané su total respeto, cuando me vio ejerciendo mi trabajo de héroe como Topman. Esa noche el perro también tuvo un papel protagónico.

Mi combate más tenaz

Lo que ocurrió que los amos dejaron la ventana abierta de la cocina. Una enorme rata se metió entonces y empezó a comerse los restos de las pastas de la cena de esa noche. Gracias a mi súperoído puede sentir que la ciudad (digo la casa), necesitaba de mi trabajo en esa zona. Así que desde lo alto del grifo, vestido con mi capa y mi antifaz, le grite a la rata:

—Nadie te ha invitado a ser parte de mi cuidad, ¿Qué haces ensuciando la vajilla de mis platos a esta hora?

La rata se alarmó, pero enseguida me enseñó sus dientes amarillos y mugrientos, en una actitud desafiante y grosera. Por un momento me fije en su pelaje sucio y pensé en los cepillos para perros de Max. Tuve tiempo de imaginarme mis amos pasando dicho cepillo por su pelaje, sacándole toda la enorme suciedad que reflejaba desde lejos.

—Atrévete a atacarme y te destrozar con mis dientes—me amenazó la rata.

En ese momento decidí abrir mi capa y lanzarme desde lo alto del grifo. En medio de los platos sucios del fregadero estuvimos combatiendo durante minutos. En uno de sus ataques, la rata apretó mi cuello. El dolor asfixiante que sentí me hizo recodar a las correas para gatos de Tabata, que le quedan tan ajustadas, pese a que también le dan cierta elegancia.

—No eres tan fuerte como dicen en el vecindario Topman—me dijo la rata.

En ese instante aproveche y utilizando mis rodillas lo golpee fuertemente en su panza. El asestarle el golpe descubrí que su pelaje era tan grueso como los abrigos para perros de Max. El impacto fue tan fuerte, que llevándose las manos a su barriga, aquella rata empezó a caminar hacia atrás. Entonces me levanté de inmediato, para atacarle con mis puños en su adolorida panza.

En uno de mis fuertes golpes, la rata salió dispara hacia el aire, abandonando la plataforma de combate del fregadero, para luego caer al suelo. Un segundo después caí encima de su espalda, creyendo que la había dejando inconsciente.

Pero no fue así. La rata me contraatacó un segundo después y me colocó bajo sus fauces. Pensé que era mi final. Por mi mente pasaron todos los acontecimientos de mi vida, las emociones de entrenarme en mi Rueda Millonaria y el exquisito sabor de la comida para perros barata. Sus dientes amarillos, afilados y sucios acariciaron mi cuello.

Mi aliado secreto

Pero entonces llegó mi héroe. Max irrumpió en la cocina, agarrando a la rata entre sus fauces. La lanzó por los aires en un brusco movimiento de su hocico y cuando volvió a caer el suelo, la rata huyó por la puerta trasera de la cocina. Mi salvador se quedó mirándome unos segundos, olfateándome.

—¿Estás bien Topman?—me dijo.

—Me confié en el combate—le respondí.

—No quise intervenir antes porque quería comprobar que tan fuerte eres—me afirmó.

Yo le sonreí con mucha pena, tratando de ocultar la vergüenza que sentía al haberme visto fracasar en el combate. Después de ello me tomó entre sus fauces y me llevó hasta la jaula de hámster. Fue en ese momento en que viendo cómo podía abrir los barrotes de la jaula que Max pudo darse cuenta que no mentía sobre mi capacidad para escapar de mi Mansión.

—No cabe duda—dijo Max—, que Topman es el héroe que mantiene a salvo esta casa.

Tabata ni se enteró de lo ocurrido. Y no era para menos: a esa hora de la madrugada aquella gata estaría embriagada de sueño. A partir de ese instante, Max y yo entablamos una excelente amistad. A veces, de noche voy a buscarlo para capturar a mosquitos traficantes de sangre humana y perseguir a los miembros de la Mafia de las Lagartijas. Desde entonces, con mi nuevo aliado, mis noches se han vuelto más emocionantes y fantásticas.

 

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